Parecía una niña enfadada, frustrada con el mundo. Fue un destello tan puro, tan alejado de la niñera defensiva o de la mujer fogosa de los besos, que algo se me encogió por dentro. Me acerqué y le tendí la bolsa de hielo.— Vamos a poner esto, ayudará con el hinchazón hasta que nos vayamos.Miró la bolsa, luego a mí y, en un acto de pura rebeldía, me la quitó de la mano.— Déjame, ya lo hago yo. Y no voy a salir de aquí.La chispa de mi irritación, que se había apagado un poco, volvió con fuerza. Respiré hondo, controlando la voz.— No es momento de ser cabezota, Mariana. Vas a ir al hospital, el médico ya está avisado.Se le abrieron los ojos de par en par.— ¿Al hospital? ¡Ni hablar! No voy a ninguna parte. Es solo una torcedura, con hielo y reposo se pasa.— ¿Y si está roto? —mi voz subió de tono, se me agotaba la paciência. La idea de que sintiera dolor, de que algo estuviera fracturado de verdad, era insoportable—. Vas a ir. Y punto final.Vi cómo se preparaba para protestar, co
Leer más