El humo aún salía por la ventana abierta, pero yo estaba totalmente centrado en ella, sentada en mi silla, con la tapa de la tableta abierta como un libro.Sus dedos, manchados de hollín por el portátil, seguían siendo precisos. Conectó la tableta a una batería portátil de su maletín, evitando el cargador fatal, y empezó a navegar por los sistemas con una concentración que hacía que el mundo a su alrededor desapareciera.Yo la observaba, apoyado en la mesa, sintiendo el pulso todavía latiendo por el puñetazo en la pared, pero el dolor ahora era un ruido de fondo lejano.Estuvo trabajando en silencio un rato, con el ceño fruncido. De repente, una expresión le cruzó la cara. No era de triunfo, era seria, casi sombría.— Rodrigo —llamó.Me acerqué, inclinando mi cuerpo sobre el suyo para ver la pantalla. No se apartó, lo que demostraba lo concentrada que estaba en la tarea.En la pantalla, entre líneas de código y registros encriptados, había un extracto bancario aislado y una transacció
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