ELIZABETH WINTEREl silencio que cayó sobre la oficina de Damian fue absurdamente incómodo. Parecía que el aire acondicionado se había detenido, que el tráfico de afuera había cesado, y que lo único que existía en el universo éramos nosotros dos, mirándonos el uno al otro.Podía ver los engranajes del cerebro de Damian girando. Parpadeaba, procesando la información, intentando encajar las piezas.Parpadeó una última vez y, con la lentitud de un hombre de noventa años, se sentó en la silla.Hice lo mismo, sintiendo que la adrenalina de la confesión empezaba a bajar, reemplazada por un leve temblor en las manos. Lo había dicho. Lo había hablado en voz alta. No había forma de dar marcha atrás.— Okey. — dijo Damian, mirando un punto fijo en la pared detrás de mí. — Okey, okey. Okey.— ¿Puedes, por favor, cambiar el disco rayado? — pedí, con la voz un poco más aguda de lo normal. — El suspenso me está matando.Damian sacudió la cabeza, como si intentara despertar de un sueño.— Estoy sorp
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