Mundo ficciónIniciar sesión—No digas nada, Dominic... por favor —suplicó ella, aferrándose a mis hombros, pero esta vez no para empujarme, sino para no caerse del mundo.
Hacerle el amor en esa cama fue como tratar de recomponer un jarrón roto con las manos desnudas. Cada caricia era una declaración de que Spencer se equivocaba, de que yo no era ese hombre vacío, de que ella era el centro de mi universo. Sent&iacut







