〚KATERINE〛Estoy sentada frente al televisor, la luz azulada se refleja en mis ojos, mostrándome un mundo que se tambalea y que, de repente, me reclama. Desde Calabria, desde esta villa que se siente a la vez segura y extrañamente ajena, veo cómo Londres arde. No con fuego, sino con palabras, con imágenes, con miradas que buscan señalar culpables.Afuera del palacio, las pancartas se mueven con el viento, y el murmullo de la multitud llega hasta mí, amplificado por los noticieros que no cesan de retransmitirlo. Algunos aplauden, otros gritan, algunos lloran. Entre ellos, un mar de nombres, insultos, acusaciones: “¡Criminal! ¡Traidor! ¡Dónde está la princesa!”; otras “¡La monarquía está podrida! ¡La corona desamparada!”; “¡La princesa duerme con un criminal! ¡Indignos ambos!”; Y, entremezclado, un coro de voces que me aclaman, que me buscan, que preguntan por mí, que me sostienen en sus palabras, pero otras me aborrecen.La división es absoluta; la nación se desgarra entre la increduli
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