A las once de la noche, su teléfono sonó. Número desconocido. Contestó porque a estas alturas qué importaba realmente.—Escuché que tu pequeño experimento social llegó a su fin, Matías —dijo la voz de Ricardo Vidal del otro lado, con esa cortesía falsa y venenosa que usaba cuando sabía que tenía la ventaja—. Cuando quieras hablar de términos de rendición razonables, ya sabes dónde encontrarme.Matías colgó sin responder una sola palabra. Se quedó sentado en la cama del cuarto de conserjes mirando el techo de yeso agrietado. Y tomó una decisión. La primera decisión limpia que tomaba en meses, una decisión que no tenía capas de justificación ni motivos secundarios ocultos.Iba a destruir a Ricardo Vidal. No por el grupo. No por Elena. No por la herencia ni por el legado ni por ning
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