AngieEl cacique los tenía retenidos en aquella sala oscura, con la pantalla encendida como si fuera un altar de revelaciones, allí con las paredes que parecían sudar humedad; el aire olía a tabaco viejo y a secretos podridos. Angie forcejeaba, los guardias la sujetaban de los brazos y Danilo, con el rostro desencajado, trataba de interceder.—¡Suéltenla! —rugió él, con esa mezcla de autoridad y desesperación que alguna vez le sirvió en las juntas directivas, pero que ahora sonaba más a súplica que a orden.El cacique, sentado en su sillón de cuero gastado, levantó la mano con calma. Su voz grave, casi paternal, llenó la sala: —Hijo, cálmese, que esto le conviene. Mire lo que le voy a mostrar.El aparato comenzó a reproducir el video. Angie, con los ojos abiertos como platos, intentó levantarse, pero los guardias la empujaron de nuevo a la silla.—¡Me quiero ir! ¡No quiero ver eso! —gritaba ella, tratando de golpear la mesa con las piernas, como si pudiera romper la pantalla a patadas
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