DaniloÉl se quedó un buen rato frente a la puerta de la casa de Angie, como si la madera tuviera espinas invisibles que le impidieran golpear. El sudor le corría por la frente, no por calor, sino por repudio. “¿De verdad voy a entrar aquí? ¿A esta cueva de pobres?”, pensó, con ese aire de superioridad que lo acompañaba incluso cuando estaba derrotado. Pero no tenía a dónde más ir; de seguro la policía lo estaría buscando por todas partes. Así que tomó aire, cerró los ojos, levantó la mano y golpeó, flojo al principio, como si quisiera que nadie escuchara.La puerta se abrió y apareció la madre de Angie, con un delantal grasiento y una mirada que se iluminó al reconocerlo.—¡Ave María Purísima! —exclamó—. Don Danilo, qué alegría tenerlo por aquí.Danilo arqueó una ceja, incómodo. —Buenos días, mi señora, ¿cómo se encuentra? —Bien ¿Angie se encuentra?—No, mijo, pero no demora, siga, siéntese como en su casa. ¡Qué bendición, que venga!—Me da pena... —Danilo entró, con el aire de quien
Leer más