POV: SigridEl aire en los pasillos interiores del Palacio Dorado era denso, saturado con el aroma de las flores del sur y el incienso de los Sacerdotes que ahora juraban lealtad a la Luna.Pero para mí, el olor era diferente. Olía a cambio. Olía a esa transmutación silenciosa que ocurre cuando la realidad de una madre choca frontalmente con la fisiología de un monstruo.Estaba en la enfermería real, un santuario de mármol blanco donde la luz del mediodía se filtraba a través de vitrales que ya no representaban al Sol, sino patrones geométricos abstractos. Frente a mí, Fenrir estaba sentado sobre una mesa de examen de piedra. Tenía el torso desnudo. Las sombras de sus hombros palpitaban rítmicamente, como si su propia magia estuviera tratando de romper el envase de su piel.Lia, la curandera más anciana que había sobrevivido a la purga de Einar, retiró sus manos temblorosas de la espalda de mi cachorro. Ella era una mujer humana, pero sus ojos habían visto pasar a tres generaciones de
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