Enzo estaba devastado. Sin darse cuenta, había llevado a sus rivales hasta el refugio de su hermano. Como pudo, lo tomó entre sus brazos y regresó a la hacienda. Eder se acercó de inmediato para ayudarlo; entre ambos lo trasladaron hasta su habitación, con el peso de la urgencia oprimiéndoles el pecho.Mientras tanto, Germán verificaba que los cinco hombres que los habían atacado estuvieran muertos. Su expresión era dura, impenetrable, como si ya no hubiera espacio para la sorpresa.Claudia estaba en shock. Caminaba de forma automática, con la mirada perdida, mientras los recuerdos de felicidad junto a Paul se repetían una y otra vez en su mente, como un refugio al que aferrarse. Entró a la habitación donde yacía el amor de su vida. Eder, previendo lo peor, había dispuesto uno de sus helicópteros para traer a Gertrudiz.Paul seguía inconsciente.Claudia se sentó a su lado, temblorosa. Tomó su mano entre las suyas y la besó con ternura, como si ese gesto pudiera anclarlo a la vid
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