El cielo allá afuera era ahora negro, salpicado de estrellas. Pero dentro del dormitorio, todo era calor. El calor de los cuerpos sudorosos, de los corazones acelerados, de las respiraciones que aún intentaban encontrar su ritmo. La lámpara encendida proyectaba una luz dorada sobre las sábanas desordenadas, sobre el cabello despeinado de Helen, sobre el pecho de Ethan que subía y bajaba lentamente.Ella estaba recostada sobre él, con los ojos cerrados, el rostro apoyado en su hombro, aún sintiendo los ecos del placer recorrer su cuerpo. Él tenía una de sus manos sobre su espalda, acariciándola con calma, como quien dibuja mapas invisibles sobre la piel de quien ama.—Cómo pude ser tan ciego… —murmuró Ethan, rompiendo el silencio con una voz grave
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