El corazón le latía con fuerza, retumbándole en los oídos, el pecho subiendo y bajando con violencia mientras se abría paso entre la gente que se cruzaba en su camino. Sus ojos captaron una cesta de tomates y, sin esfuerzo, saltó sobre ella, escuchando al dueño gritarle detrás.—¡Detente!Ethan miró al grupo de chicos que lo perseguían. ¿Es que no se cansaban? Apenas podía sentir las piernas; sus fuerzas se agotaban después de casi una hora huyendo de ellos.Apretó los puños. No podía rendirse; necesitaba perderlos. Si lo alcanzaban, todo estaría acabado. Sus costillas aún le dolían, y el médico le había advertido que podría tener una hemorragia interna si el acoso no se detenía. No podía permitirse ser hospitalizado, no con tantas otras cosas de las que preocuparse.Miró hacia atrás otra vez, solo para comprobar la distancia… pero ya no estaban. ¿Los había perdido? Se detuvo un momento; no había nadie a la vista. Aferrando su bolso con más fuerza, se dirigió hacia la siguiente esquin
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