Dimitri presionó el arma un poco más contra la sien de Miles cuando este se mantuvo en silencio. Era un hombre paciente, pero los acontecimientos de los últimos días lo habían llevado al límite.—¡Está bien! ¡Está bien! —gruñó Miles, con la respiración agitada—. Te diré todo lo que sé, pero aleja esa maldita arma de mí.Dimitri lo observó sin moverse. A propósito tardó en apartarse; quería que el miedo terminara de instalarse en él, que entendiera perfectamente que aquello no era una amenaza vacía.Solo entonces se echó hacia atrás y guardó el arma de nuevo en el cinturón.Ocupó una de las sillas vacías y esperó a que Miles ocupara la otra.—Si intentas mentirme, no habrá más advertencias —advirtió, con frialdad—. A nadie aquí, ni probablemente fuera de esta habitación, le importa lo que te suceda.Miles tragó saliva antes de asentir. Tenía el rostro pálido y las manos le temblaban apenas, aunque intentaba disimularlo golpeando la mesa con los dedos. Su cara empezaba a inflamarse y lo
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