—Xavier —consiguió decir, con la voz convertida en un susurro ronco que desmentía el acero de su mirada—. Esto no es un juego.—¿Ah, no? —dio un paso hacia ella, con cada movimiento calculado para hacerle tambalear la compostura—. Tú sigues huyendo. Yo sigo persiguiéndote. A mí me parece un juego, Cat. Los dos sabemos cuánto te gusta jugar.La garganta de Cathleen se tensó, y las palabras se le quedaron clavadas como metralla. Aquel hombre, aquella fuerza irritantemente irresistible, sabía exactamente cómo manejar el control y manipular la tensión entre ellos hasta hacerla vibrar como una cuerda pulsada.—Para esto —dijo ella, con la orden quebradiza.Pero incluso mientras pronunciaba las palabras, Cathleen sabía que eran gasolina arrojada al fuego de su deseo, una invitación escrita a través de la distancia que los separaba.—Oblígame —la desafió él, torciéndole aquellos labios pecaminosos en una media sonrisa.La habitación pareció encogerse, el aire volviéndose pesado, cargado de l
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