—Xavier —consiguió decir, con la voz convertida en un susurro ronco que desmentía el acero de su mirada—. Esto no es un juego.
—¿Ah, no? —dio un paso hacia ella, con cada movimiento calculado para hacerle tambalear la compostura—. Tú sigues huyendo. Yo sigo persiguiéndote. A mí me parece un juego, Cat. Los dos sabemos cuánto te gusta jugar.
La garganta de Cathleen se tensó, y las palabras se le quedaron clavadas como metralla. Aquel hombre, aquella fuerza irritantemente irresistible, sabía exac