Elías llegó derrapando, con los faros de la camioneta rajando la niebla. Al bajar, se le heló la sangre: Alexander y Lucía estaban entrelazados en el suelo, heridos, manchando la tierra con un solo charco de sangre espesa.¡Señor! ¡Lucía! —gritó Elías, corriendo hacia ellos!¡A la camioneta! ¡Muévase! —rugió Alexander mientras acomodaba a Lucía en el asiento con una delicadeza que contrastaba con su rabia. Antes de cerrar la puerta, señaló con desprecio a Vargas, que gemía en el suelo—A ese animal... súbelo. Que no muera todavía esa rata aún tiene mucho que cantarElías arrojó la mochila con los libros y la cámara al asiento del copiloto y hundió el pedal. Los neumáticos chirriaron dejando atrás una nube de polvo y grava. Dentro, el silencio se volvió denso, solo roto por la respiración agitada de Lucía,sus manos, antes firmes, ahora estaban empapadas de un rojo intenso¡Mantente despierta, Lucía! ¡No cierres los ojos! —ordenó Alexander, con la vo
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