El sol de California caía sobre el Memorial Auditorium de Stanford con la generosidad descuidada de quien no sabe que está siendo hermoso, y Karla llevaba cuarenta minutos buscando a su hija entre un mar de birretes negros que se movían como una marea despeinada y feliz.La encontró en la tercera fila desde el frente —reconoció la postura antes que el rostro, esa manera particular de Rubi de inclinar el cuerpo hacia adelante cuando estaba emocionada, como si su entusiasmo fuera demasiado grande para contenerse en posición vertical. Tenía el brazo enredado en el de James, que ajustaba sus gafas con el nerviosismo habitual de quien no termina de creer que merece estar donde está, y reía de algo que Karla no podía escuchar desde las gradas pero que imaginaba completamente.A su lado, Maxton llevaba diecinueve minutos sin decir una sola palabra.Karla lo había observado de reojo mientras el rector iniciaba su discurso inaugural, mientras la banda tocaba algo solemne y ligeramente desafina
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