La cafetería estaba menos concurrida de lo que Karla esperaba para un sábado por la mañana, lo cual era tanto un alivio como una maldición. Menos testigos para lo que fuera que estaba a punto de pasar, pero también menos ruido de fondo para llenar los silencios incómodos que inevitablemente vendrían.Llegó quince minutos temprano, necesitando el tiempo para asentarse en su silla, para memorizar las salidas, para recordarse a sí misma que esto era su elección y que podía deshacerla en cualquier momento.Roberto apareció exactamente a las diez, moviéndose a trav&e
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