—El teléfono no para de sonar, señor, no sé qué decir —comentó la secretaria de Alekos con expresión nerviosa, mientras sujetaba el auricular.—Responde que el señor Ravelli no hará declaraciones, no dará entrevistas —ordenó él, cortante. Colgó la llamada y, con el ceño fruncido, marcó otro nnúmero
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