POV: Léo BlancLa Ciudadela de Ámbar es un milagro de ingeniería y magia, pero para mí, a veces sigue siendo un recordatorio de lo que casi perdimos. Mi sangre de mercurio, esa que Aura y Lucien salvaron hace dos décadas, vibró de una forma que no había sentido en años. No era una amenaza física, sino una perturbación en el flujo vital de mi hijo, Julian.Estaba en el jardín privado de Elena, observando cómo ella cultivaba flores de cristal que solo crecían con la frecuencia de la paz. Ella levantó la vista, sus ojos de bruja Valois captando mi inquietud antes de que yo abriera la boca.—Viene hacia aquí —dijo Elena, limpiándose las manos con un paño de seda—. Y trae la verdad escrita en su pulso.Julian entró con esa zancada arrogante que heredó de mí, pero sus hombros estaban rígidos. Se detuvo frente a nosotros, y el brillo plateado de su piel parpadeó bajo la luz del atardecer.—Padre. Madre —comenzó Julian. Su voz era firme, pero sus ojos buscaban una salida—. He venido a hablarl
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