– En serio no puedo creer de la que me salvó, señor Caruso.– Mi abuelo fue un gran amigo de su padre, Onell. No rompería esas décadas de amistad.Alyssa sintió sus pestañas revolotear, pero ni con toda la curiosidad del mundo que tenía lograba abrir sus ojos.– Claro, claro que lo recuerdo –Alyssa había logrado descifrar la voz de Onell, arrastrando las palabras–. Ahora, debemos averiguar qué hacer con ella. Lo más sensato es llamar a Alberto...El corazón de Alyssa se paralizó. ¿Alberto Anzola? No, no, no. Eso no podía suceder.– Sería lo más sensato. ¿Usted quiere hacer eso? –Esa voz era familiar para Alyssa.– Por supuesto, no quiero problemas con los Anzola.Mierda, mierda, mierda. Alyssa abrió sus ojos de golpe, pero se encontró aún con una pared de oscuridad frente a ella. Una venda estaba cubriéndole los ojos, al igual que una presionaba sus labios. Su cuello dolía, probablemente estuvo desmayada en una posición bastante incómoda. Igualmente, la cabeza le palpitaba, justo en e
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