El peso del silencioEl chasquido del cerrojo retumbó en la penumbra del pasillo como un presagio. En el interior del despacho, Alexander permanecía hundido en su sillón de orejas tras el imponente escritorio de caoba. Una sola lámpara de luz cálida iluminaba de perfil su rostro tenso, proyectando sombras alargadas sobre la madera y los documentos traspapelados.La puerta se abrió con una lentitud calculada. Julieta se quedó parada en el marco, recortada contra la luz tenue del pasillo. Llevaba las manos entrelazadas al frente y una expresión donde la profesionalidad intentaba, sin éxito, sofocar la intensa empatía familiar.—¿Puedo pasar? —preguntó con voz baja, midiendo el terreno.Alexander no levantó la cabeza de inmediato. Pasaron tres segundos interminables antes de que fijara sus ojos fríos en ella.—Sí, pasa —respondió con un hilo de voz seco, carente de matices.Julieta cruzó el umbral, cerrando la puerta a sus espaldas para preservar la intimidad del espacio. Avanzó a pasos
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