El aire en la cámara de la torre más alta de la fortaleza de Luxiner poseía la densidad del plomo derretido y el aroma dulzón e inconfundible de los imperios que se pudren desde el núcleo. Las paredes de sillar, ennegrecidas por siglos de hollín de antorchas y humedades herédicas, devoraban la escasa luz de la luna que se filtraba por las saeteras. Amity se encontraba al lado de la reina. Permanecía inmóvil, como un pilar de basalto labrado en las canteras más profundas del exilio, con los brazos cruzados bajo los pliegues pesados de su capa mohosa. Sus ojos, recientemente ungidos con el fuego purpúreo de la transmutación vampírica, estaban fijos en la tarima donde el Conde Vlad Lucard paseaba su impaciencia inmortal. Vlad era un depredador de linaje puro; sus pasos no dejaban huella en el polvo acumulado sobre las losas, y su sola presencia alteraba la presión
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