Cuando la liturgia concluyó, el suelo de la alcoba estaba manchado de círculos carmín y los cinco hombres reposaban exhaustos, con los rostros pálidos y las respiraciones débiles. Catherine se alzó sobre el lecho, su bata de seda blanca empapada en el fluido de sus siervos, pareciendo una aparición de las pesadillas de los santos. La culpa sorda que siempre la acompañaba tras los ritos se disipó ante la certeza del poder adquirido; su cuerpo estaba listo para el entierro, y su mente, templada para los días de oscuridad que se avecinaban en la capital del reino.Al ingresar por el cementerio en donde se había convertido, las criaturas de la noche la esperaron con la misma reverencia que la primera vez. El carruaje negro, conducido por Amity a través de los caminos de herradura cubiertos de niebla, se detuvo ante la verja de hierro forjado de la necrópolis del este.
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