La reina no estaba enferma. Ya que se encontraba aferrada a las sábanas de lino, sus uñas rasgaban la tela con una fuerza muscular que habría pulverizado los articulaciones de un hombre común. Sus gemidos, ahogados por el terciopelo de las colgaduras del lecho, retumbaban en la estancia con la sonoridad de una tormenta encajonada. Sus piernas, largas y de una palidez de mármol, se retorcían en el aire, presionando la cabeza de Amity contra su vientre.Amity, con los dedos clavados en la cadera de su soberana, no retiraba la boca de la piel de Catherine. Entre gruñidos de un placer puramente animal, el vampiro saboreaba la humedad de su reina, una mezcla de exudaciones corporales y el aroma al duce propio de su naturaleza que lo había vuelto adicto, aun más que la sangre misma. La firmeza del cuerpo de Catherine, tenso por la inminencia del colapso, excitaba a Amity hasta borrar todo rasgo de obediencia obsesiva. I
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