El hospital de la Manada de Hierro estaba en silencio aquella tarde, pero el silencio no traía paz.En una de las habitaciones privadas, Lysandra Ardenne permanecía recostada sobre la cama, pálida, con el cabello extendido sobre la almohada blanca. Sus ojos estaban hinchados porque había llorado, pero intentaba mantenerse fuerte para su familia.Se había desvanecido tres veces en menos de veinticuatro horas.Sin explicación clara.Sin heridas visibles, sin fiebres o nada visible que dé indicios para un diagnóstico a simple vista.Y eso era lo peor.Frente a la ventana, incapaz de permanecer quieto más de unos segundos, Kael Vyron caminaba de un lado a otro como un lobo enjaulado. También estaba en una pose, su luna no podía verlo mal, el debía ser fuerte por los dos. Las noticias desde que habían ingresado la noche anterior no eran alentadoras.El alfa no temía a enemigos.No temía a guerras.Pero aquello… parecía que iba a destruirlo.Aquello era distinto.—Kael —murmuró ella con voz
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