Seis meses después. Lago di Como, Italia.El sol de la mañana se filtraba por las contraventanas de madera de una villa rústica, lejos de los rascacielos de acero y los laboratorios estériles. En el aire no flotaba el olor a ozono o pólvora, sino el aroma a café recién molido y jazmín silvestre.Elena Valerius despertó lentamente, no por una alarma de seguridad, sino por el peso cálido de un brazo rodeando su cintura. Se quedó inmóvil un momento, disfrutando de la sensación. Sus manos, las mismas que habían desmantelado imperios, ahora descansaban relajadas sobre la sábana de lino. Había desactivado el brillo azul de sus implantes; ahora, a simple vista, parecían manos humanas, marcadas solo por la elegancia de su forma.Dante se movió detrás de ella, hundiendo el rostro en su nuca. Ya no era el "Lobo de Voronin", el hombre que dormía con un arma bajo la almohada. Era simplemente Dante, el hombre que había aprendido a preferir el sonido de la risa de Elena sobre el rugido de sus motor
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