Edgar simplemente aceleró, con movimientos fuertes, casi desesperados, y todo lo que se oía era el sonido sordo de los cuerpos chocando contra el colchón, resonando por la suite como una confesión sin palabras. El aire entre ellos parecía más caliente, más denso, hasta que, de repente, él se detuvo.Se detuvo como si hubiera recordado algo.Como si hubiera recuperado el control.Su cuerpo quedó inmóvil sobre el de ella, el pecho subiendo y bajando, jadeante, lo bastante cerca para que Laura sintiera el calor que ardía entre ambos. La mano de él se deslizó lentamente por el costado de ella y, con un gesto firme, le sujetó la cintura contra el colchón, inmovilizándola con facilidad.La mirada de él subió despacio, encontrando la de ella sobre la almohada.—Amor, eso es un golpe bajo —dijo Laura, indignada.—Tranquila, rubiecita… —murmuró él, con la voz baja, ronca, peligrosa—. ¿Quién dijo que había terminado contigo? —preguntó, acercando los labios a los de ella sin besarla—. Te conozco
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