Narrado por Liam DonovanMis náuseas finalmente habían remitido, dándome una tregua que aproveché para sentirme, de nuevo, como un ser humano funcional. Había recuperado mi capacidad para oler el café sin querer lanzarme por el acantilado y mi "simetría táctica" para los tomates había vuelto con fuerza. Pero, como bien aprendí en el ejército, cuando un frente se calma, otro estalla con el doble de potencia.Entré en la habitación con dos tazas de té y la intención de sugerir un paseo al atardecer, pero me detuve en el umbral. El cuarto parecía haber sido el epicentro de un tornado de textiles.Había vestidos de lino volando sobre las lámparas, faldas esparcidas como minas terrestres y un par de pantalones vaqueros que colgaban, trágicamente, del ventilador de techo. En medio del caos, sentada en el suelo y rodeada de una montaña de seda esmeralda, estaba Mia.Tenía la cara roja, los ojos empañados y estaba tratando de cerrar la cremallera de un pantalón que, claramente, había decidido
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