Punto de vista de MarianaLa pesada puerta se cerró con un clic tras mí, dejando pasar la última luz del pasillo. Me apoyé en la madera maciza un segundo, con la frente apoyada en su superficie fresca, y exhalé. El aire de mi habitación estaba quieto y olía ligeramente a pulimento de limón. Era un silencio que parecía merecido. No el silencio tenso y enroscado de esperar disparos o alarmas, sino la calma lenta y agotada que llega tras la supervivencia. Cuando el único sonido es el de tu propio corazón, que por fin empieza a disminuir.Me había puesto unos pantalones de chándal limpios y una camiseta suave. Mi pelo aún estaba húmedo por una ducha apresurada y demasiado caliente, con las puntas goteando sobre mis hombros. La suciedad y el olor del puerto habían desaparecido, arrastrados por el desagüe. Pero mi cuerpo no se había acostumbrado a la idea de que estaba a salvo. Mis músculos seguían tensos, mis sentidos seguían en alerta máxima, sin rumbo.Michael y las chicas ya estaban ins
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