El jardín de la mansión Patterson parecía sacado de un cuento de hadas cuidadosamente planeado para no dejar nada al azar. Cada rincón estaba iluminado con luces cálidas que colgaban entre los árboles centenarios, formando arcos perfectos sobre los senderos de piedra blanca.Las flores, blancas y marfil, habían sido colocadas con precisión milimétrica, sin un pétalo fuera de lugar. Rosas, lirios y orquídeas se mezclaban con arreglos verdes que enmarcaban la gran estructura central donde se llevaría a cabo la ceremonia. Todo brillaba, era el día perfecto para llevar a cabo cualquier celebración, y hoy sería la boda del siglo, todo imponía. Todo gritaba poder por parte de la familia Patterson.Los invitados comenzaron a llegar uno a uno, descendiendo de vehículos lujosos que se detenían frente a la entrada principal del jardín. Ninguno entraba sin mostrar primero la invitación: una tarjeta dorada, elegante, con el nombre grabado en relieve. Sin ella, no había acceso. Sin excepción.El
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