—Es aquí donde vivo... El anciano abrió la puerta de una humilde casa para que Ramírez y el detective pudieran entrar. —Muchas gracias... —Gracias, Don Chema. Es usted muy amable. La puerta se cerró detrás de la espalda del viejo. —Tomen asiento. Lo que les voy a contar necesita un poco de tiempo—, dijo el anciano—, ¿Quieren un poco de café? —No... no, muchas gracias. De hecho, tenemos un poco de prisa. Si fuera tan amable de ir al grano, se lo agradecería mucho—, respondió el detective.Don Chema respiró profundo, como lo hacen los ancianos, y tomó asiento frente a ellos. —El pueblo del Dorado siempre fue famoso por su leyenda de una mina de oro oculta en sus montañas. Se decía que el que la encontraran, todo el oro en su interior sería suyo.—Y el capataz Ferrer la encontró—, interrumpió el detective—, ¿Usted lo conoce? —Si, si, lo conocí. Fue una gran persona—, respondió el anciano. —¿Murió? —Hace muchos años. Pero, no se adelante a la historia...Federico Ferrer era el ca
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