—Sí, la marqué —admitió Asherad ante el sacerdote—. Y no me arrepiento en lo más mínimo.El sacerdote frunció el ceño, visiblemente inquieto, y respondió con cautela.—Pero ahora, después de haberla marcado, todos lo sabrán. El aroma que ella comenzará a desprender será inconfundible. Bastará con que cruce el umbral para que cualquiera perciba que fue usted quien lo hizo.Hizo una pausa antes de continuar, como si necesitara medir cada palabra.—Así funciona la marca. Cuando un lobo marca a una hembra, su esencia cambia, emite un olor claro que anuncia que pertenece a alguien. Es una señal inequívoca, un lazo visible para todos. Ningún macho se atreverá a acercarse, porque sabrá que ella ya está vinculada, anclada a otro. Y tratándose de la marca del propio Alfa, nadie, absolutamente nadie, osará siquiera mirarla con otra intención.—Eso es exactamente lo que quiero —replicó Asherad—. Quiero que todos lo perciban, que todos sepan que es mía, que fui yo quien la marcó. Entre ella y yo
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