Mientras que Luciano se aferraba a la vida, una que día tras día había rechazado, en el plano terrenal, Vania conocía a Ángela, quien con una cálida sonrisa la recibió aun sin saber bien quién era o por qué conocía a Luciano.—Señora, ella es la señorita Dubont, el señor D’Angelo me la encargó, ella es… —Intento decir —el abogado al ver salir a Ángela del cuarto.—La esposa de Paolo Legrand, ¿correcto? —dijo Ángela reconociéndola de las noticias.Vania solo asintió y miró a lo lejos al hombre recostado en aquella camilla. La joven sintió una tremenda punzada en el pecho, pues el hombre ahí postrado no se parecía en nada al hombre que ella recordaba, no se parecía en nada al hombre que la rescató.En ese momento, Luciano estaba conectado a montones de cables e incluso tenía algo que lo ayudaba en su respiración.—¿Cómo está? —dijo Vania por fin, atreviéndose a hablar.—Sigue tal como el primer día; yo hablo con él todo el tiempo, le hablo con amor, le pido que no se vaya, que luche, per
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