Gimena estaba en medio de la celda, aún esposada, el cabello desordenado y el vestido blanco manchado, caminando de un lado a otro como un animal enjaulado. Sus ojos brillaban con una mezcla de furia y delirio.—¡Él me ama! ¡Ustedes no entienden nada! ¡Esto lo arreglaremos cuando él venga!Rivera acababa de llegar cuando escuchó el alboroto. Frunció el ceño y avanzó por el pasillo hasta detenerse frente a uno de los oficiales.—¿Han logrado sacarle algo? —preguntó, en voz baja pero firme.El oficial negó con la cabeza.—Nada útil. Solo repite que es la esposa de Salazar, que todo es un error… y amenazas. Dice que todos vamos a pagar por esto.Otro agente, Antoni, se acercó con evidente cansancio.—Lleva así desde que la trajimos. No sale de ese discurso —dijo, mirando de reojo a Gimena, que seguía gritando dentro de la celda—. Si esto sigue así y su abogado pide una evaluación médica… Dejó la frase en el aire.R
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