Capítulo 20Arya.Cuatro días de soledad en la choza, sintiendo la herida punzante de la traición de Dorian, un dolor que se acentuaba aún más por el silencio total de Morvak.El lobo de Dorian se había apagado. Estaba en un letargo profundo, y eso solo significaba una cosa: Dorian se estaba destruyendo.La preocupación por él, por la manada, y por mis cachorros, superó mi orgullo. Si él caía, todos caeríamos.Dos días más tarde, me vi en la obligación de salir al pueblo. Necesitaba víveres y, más importante, información. Al atardecer, me puse unos harapos y me adentré en el pueblo. El aire gélido anunciaba la cercanía del invierno.Mientras caminaba por un callejón estrecho cerca del mercado, tropecé con una anciana que sostenía un gran cesto. Ella me sujetó el brazo.—Lo siento, jovencita. Ten más cuidado.Levanté la mirada. Era Elara. Se puso tensa, mirando a nuestro alrededor.—¡Elara! —susurré, mi corazón latiendo acelerado.—Cálmate, Luna. Estás expuesta. Demasiado cerca de la
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