Senma pisó suelo de El Cairo por primera vez en cuatro meses llevando el peso de secretos que no podía compartir con sus padres—que moriría a los 47 como ancla eterna, que había perdido un recluta al coma, que otra moriría en meses—mientras Atem y Naia esperaban en el aeropuerto con sonrisas que se desmoronaron al ver los ojos endurecidos de su hija que había partido como joven adulta y regresaba como general de guerra.El aeropuerto bullía con la actividad habitual de la tarde: familias reuniéndose, turistas arrastrando maletas, vendedores ofreciendo sus mercancías con voces que rebotaban contra las paredes de vidrio. Pero Senma apenas registraba el ruido. Sus ojos encontraron a sus padres instantáneamente, como si un hilo invisible la conectara con ellos a través de la multitud.Atem dio un paso adelante primero. El hombre que había enfrentado a dioses y monstruos, que hab
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