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Senma había estado inmóvil por tres semanas—veintiún días de ver salidas y puestas de sol, de observar a sus padres llorar frente a ella, de escuchar conversaciones que no podía unir, de gritar internamente sin que nadie la oyera—cuando finalmente Maya descubrió que aunque su cuerpo era estatua, su mente todavía podía proyectarse al plano espiritual si alguien la ayudaba desde afuera.

El primer amanecer había si

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