Seis meses después de convertirse en estatua—ciento ochenta días de prisión mental mientras el Devorador sistemáticamente borraba cada híbrido potencial de la lista dejando a Senma como testigo impotente de genocidio que no podía detener—Atem notó que cuando Maya contactaba la consciencia de su hija, Senma ya no respondía con palabras sino con silencio lleno de rendición que aterrorizó más que cualquier grito.El cambio había sido gradual. Al principio, Senma había luchado con la ferocidad de una leona atrapada, organizando a los Borrados, estableciendo turnos para que las consciencias pudieran descansar del tormento de no-existir. Había sido madre, líder, sanadora de almas que técnicamente no tenían derecho a existir. Pero cada nueva muerte, cada híbrido potencial que el Devorador eliminaba de la realidad misma, erosionaba algo fundamental
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