Mariana no podía disimular su enfado desde que salió del ascensor. Llegó hasta Emma con paso apresurado, las mejillas sonrojadas y el teléfono apretado en una mano, como si todavía estuviera decidiendo si lanzárselo o guardarlo por puro respeto a la amistad. Emma se quedó serena en su lugar. O al menos, intentó parecerlo. En ese momento tenía problemas bastante más urgentes que resolver, y conocía lo suficiente a Mariana para saber que su indignación, aunque intensa, no duraría demasiado si entendía la gravedad de lo que estaba ocurriendo. —Mariana, hay muchos problemas en Hartley Group. Caleb está preso, creí que mi hijo estaba en peligro, lo siento, ¿sí? Podemos discutirlo luego. La indignación en el rostro de Mariana dejó claro que la respuesta no le había gustado ni un poco. Emma tampoco esperaba aplausos.
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