Solo un milagro podría salvar la empresa.
Mariana no podía disimular su enfado desde que salió del ascensor.
Llegó hasta Emma con paso apresurado, las mejillas sonrojadas y el teléfono apretado en una mano, como si todavía estuviera decidiendo si lanzárselo o guardarlo por puro respeto a la amistad.
Emma se quedó serena en su lugar.
O al menos, intentó parecerlo.
En ese momento tenía problemas bastante más urgentes que resolver, y conocía lo