Lucrecia sostenía en un abrazo a su hija, como si temiera que, al soltarla, volviera a desaparecer. Sus manos recorrían su espalda con una torpeza que no le pertenecía a una mujer siempre impecable, siempre contenida, y Fiorina —Ginevra— sintió por primera vez, ese amor perdido durante años. Stefano estaba a su lado, rodeándolas a ambas con un brazo firme, protector. Su pecho subía y bajaba con una respiración irregular que él no conseguía controlar del todo. Ese hombre que dominaba salas de negociación, que nunca alzaba la voz para imponer respeto, estaba temblando. —Ven a casa —dijo Lucrecia de pronto, sin soltarla—. Por favor… ven a casa con nosotros. El pedido de su madre, era casi una súplica. Fiorina cerró los ojos un segundo. La palabra "casa" resonó dentro de ella con una fuerza que la descolocó. Durante años había tenido lugares donde dormir, donde trabajar, donde construir su vida… pero casa había sido siempre una idea incompleta, hasta que se casó con Giorgio. —Chi
Ler mais