Cuando el fuego comenzó a amainar, quedaron juntos, desnudos, recostados en el sillón, respirando entrecortadamente, con sus pieles aún ardiendo por el contacto. Fiorina apoyó la cabeza sobre el pecho de Giorgio, escuchando el latido acelerado y firme que poco a poco se calmaba, marcando un ritmo que la anclaba, la hacía sentir viva y protegida al mismo tiempo. Giorgio la rodeó con un brazo, apretándola contra sí, como si fuera el único refugio posible en un mundo caótico, como si ese abrazo pudiera detener cualquier tormenta exterior. Fiorina trazaba líneas suaves y distraídas sobre la piel de Giorgio con la yema de los dedos, lenta y absorta, queriendo grabar cada sensación, cada detalle, cada instante para siempre. Giorgio apoyó los labios en su cabello, respirando profundo, con un suspiro que contenía toda la pasión y el cariño que sentía. —Me encanta verte así —murmuró, con voz grave, casi un ronroneo que la hizo estremecer. Ella levantó apenas la cabeza, con una sonrisa p
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