Giorgio Marchesani estaba ahí. De pie, ocupando el marco de la puerta como si ese espacio le perteneciera. Vistiendo un traje oscuro impecable, saco cerrado, postura recta, con el rostro serio, duro. Sus ojos grises se clavaron directamente en ella, sin rodeos. Algo cambió en el aire, como si el lugar se hubiera vuelto más estrecho. El corazón de Fiorina dio un salto incómodo. Tum… Tum… —¿Qué haces aquí? —preguntó, sin disimular el fastidio—. Estoy ocupada. ¡Ella estaba molesta!, después de todo… Él no respondió a su mensaje, ignorándola. Giorgio avanzó dos pasos hacia dentro, con esa seguridad suya que no necesitaba alzar la voz para imponerse. —Deberías estar descansando —dijo el CEO, con ese tono bajo y firme que siempre parecía una orden—, no aquí. Fiorina volvió la vista al papel, como si él no estuviera ahí. —No soy una inválida —respondió ella, con su típico orgullo—. Y no recuerdo haberte pedido permiso para trabajar. Carlotta se levantó de golpe, incómoda, sinti
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