Giorgio Marchesani estaba ahí.
De pie, ocupando el marco de la puerta como si ese espacio le perteneciera. Vistiendo un traje oscuro impecable, saco cerrado, postura recta, con el rostro serio, duro. Sus ojos grises se clavaron directamente en ella, sin rodeos.
Algo cambió en el aire, como si el lugar se hubiera vuelto más estrecho.
El corazón de Fiorina dio un salto incómodo.
Tum… Tum…
—¿Qué haces aquí? —preguntó, sin disimular el fastidio—. Estoy ocupada.
¡Ella estaba molesta!, despué