Matteo apretó la mandíbula. La rabia estaba ahí, pero también el miedo. Porque si Fiorina despertaba y se enteraba… ese golpe no sería físico, sería un golpe directo al alma.
—Ella odiaría esto —murmuró.
Giorgio por fin giró un poco el rostro, y sus ojos grises fueron afilados como un cuchillo.
—Lo sé.
La enfermera entró con guantes y una bandeja pequeña, tranquila, eficiente, como si esto fuera solo otro procedimiento del día. Se acercó a Fiorina con cuidado, levantó su brazo sin hacer