Capítulo 11. Un abrazo reconfortante.
Layla subió las escaleras con pasos silenciosos, como si temiera que la casa misma pudiera delatarla. El vestido, pesado por la lluvia, se adhería a su cuerpo como una segunda piel helada, y cada peldaño parecía exigirle un esfuerzo que no sabía de dónde sacar. Al llegar al pasillo principal, las luces tenues y la alfombra espesa amortiguaron el sonido de sus tacones; aun así, sentía que el corazón le retumbaba con tanta fuerza que cualquiera podría oírlo.Cerró la puerta de su habitación tras de sí y apoyó la frente en la madera durante un segundo eterno. Las imágenes del jardín, la voz de Lucius, la humillación en la mesa, todo se le agolpó en la mente como una tormenta que no daba tregua. Cuando se giró, avanzó directamente hacia el baño, dejando a su paso pequeñas gotas que marcaban su recorrido.Encendió la luz y el espejo le devolvió un reflejo que apenas reconoció. Sus ojos enrojecidos, el rímel corrido, los labios pálidos. Tragó saliva y, sin pensarlo más, comenzó a despojarse
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