ElenaEl paso del sueño a la vigilia no fue un deslizamiento; fue un choque. El dolor llegó primero, un latido pesado y rítmico que empezaba en la base de mi cráneo y se extendía por mi columna, instalándose en mis articulaciones como plomo. Solté un gemido bajo y rasposo, intentando cambiar de posición, pero cada fibra muscular parecía gritar en protesta coordinada. Durante un largo y desorientador minuto mantuve los ojos fuertemente cerrados. Intenté anclarme al olor de la habitación: no olía a concreto húmedo ni al olor metálico de la sangre. Olía a detergente caro para la ropa y a algo sutil, como madera de cedro.Mis ojos se abrieron de golpe y el techo era demasiado blanco, la luz demasiado suave.El miedo, frío y dentado, atravesó la neblina de los analgésicos. Esto no era el almacén, pero tampoco era mi casa. Vi la alfombra mullida, las pesadas cortinas de terciopelo y la enorme escala de la habitación. Mi corazón empezó a martillear contra mis costillas, como un pájaro frenét
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