La peor esclavitud no es la de cadenas sino la de una mente reescrita para amar sus grilletes.Helena permanecía inmóvil junto a la ventana, y algo en su postura me hizo contener el aliento. Sus ojos, que antes brillaban con ese blanco fantasmal que conocía tan bien, ahora eran completamente negros. No el negro de las pupilas dilatadas, sino una oscuridad absoluta que parecía absorber la luz circundante. Su boca se curvaba en una sonrisa perfecta, demasiado amplia, demasiado constante.—Buenos días, mi señora —murmuró con voz melosa, inclinándose en una reverencia impecable—. ¿En qué puedo servirle hoy?El horror me atravesó como una daga helada. Esta no era Helena. Esta era una cáscara que llevaba su rostro, su cuerpo, pero de la cual había desaparecido toda chispa de personalidad. La mujer que había conocido, con su fiereza silenciosa y su lealta
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