En Elaria, la traición tiene un castigo. Y el amor, ninguna defensa.La Sala del Trono era un monumento a la gloria y el poder de cinco siglos de reinado. Las columnas de mármol blanco se elevaban como gigantes silenciosos hacia un techo tan alto que se perdía en las sombras doradas de arriba, donde frescos antiguos representaban dioses y reyes en batallas épicas. El trono mismo era una obra maestra tallada en ébano y oro, coronado con el león alado de Elaria cuyas alas se extendían como si fueran a despegar en cualquier momento.Pero ninguna magnificencia podía ocultar el hedor de la muerte que emanaba del hombre sentado en ese trono.El Rey Aldric de Elaria estaba muriendo. Su piel tenía el color grisáceo de la ceniza, estirada sobre huesos que sobresalían como las ramas de un árbol muerto. Cada respiración era una batalla que libraba con sonidos húmedos y rasposos que llenaban el silencio del salón. Pero sus ojos, hundidos profundamente en sus cuencas, aún brillaban con una intelig
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