La oscuridad dio paso a un zumbido constante, como si estuviera atrapada en un sueño del que no podía despertar. Voces lejanas, fragmentos de palabras, y el sonido rítmico de máquinas me envolvían. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero cuando abrí los ojos, la luz blanca y estéril de una habitación de hospital me cegó. Un dolor sordo palpitaba en mi abdomen, y cada respiración se sentía como un esfuerzo monumental. —Daneika, ¿puedes oírme? —La voz de Ekaterina irrumpió, temblorosa pero firme. Su rostro apareció en mi campo de visión, pálido y con los ojos enrojecidos por el llanto. Tomó mi mano con cuidado, como si temiera romperme—. Gracias a Dios, estás despierta. No te muevas, ¿de acuerdo? Los médicos están haciendo todo lo que pueden.Sentí como mi corazón se oprimía en mi pecho.Intenté hablar, pero mi garganta estaba seca, y un tubo conectado a mi boca lo hacía imposible. Mis ojos recorrieron la habitación: máquinas que pitaban, un suero goteando a mi lado, y el peso abruma
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